Proyecto Brasila en Uruguay

En: textos Por: comandantedulce

24 Sep 2008

A las cinco de la mañana del viernes 12 de septiembre, Proyecto Brasilia atravesó una frontera más y entró en territorio uruguayo. Nuestra Combi transitaba así las rutas de un nuevo país, el cuarto desde que habíamos arrancado el viaje, y aún no se le escuchaban quejidos… cuanto coraje el de ella, cuanto ímpetu, cuantas ganas… tantas como las nuestras… Ya hacía muchas horas que viajábamos: desde Porto Alegre prácticamente no habíamos parado salvo para cargar combustible y algunos víveres. Nos movíamos por el continente bordeando el océano Atlántico hacia el sur, y a medida que avanzábamos la historia iba cambiando de color: la geografía empezaba a ser otra, el paisaje empezaba a ser otro, y sobre todo la temperatura era otra… viajar toda la noche en Combi por estas latitudes no era lo mismo que hacerlo a la altura de Brasilia o de Río de Janeiro: acá el frío nos avisaba que estábamos en Uruguay, y las paredes de la Combi ofrecían muy poca resistencia. Por suerte para nosotros el sol del Uruguay asomó pronto sobre un cielo azul despejado y así comenzó a entibiarnos un poco. Sumado esto a una ronda interminable de mates fuimos recuperando lentamente la vitalidad de nuestras extremidades que acusaban una noche dura.
Nuestro destino final era la ciudad de Montevideo donde pernoctaríamos, pero previo a eso y de camino hacia allí teníamos previstas una serie de paradas arquitectónicas.
La primera de estas paradas fue Punta Ballena, una pequeña y pintoresca localidad de la costa uruguaya cuya urbanización fue diseñada por el arquitecto catalán Antoni Bonet en la década del 40. Bonet, que era europeo y que había trabajado con Le Corbusier, había llegado a la Argentina y había conformado junto con artistas y arquitectos locales el Grupo Austral, uno de los principales propulsores de la arquitectura moderna por estas tierras. En Punta Ballena, Bonet no solo realizó el plan urbano, sino que también construyó una serie de obras que cualificaron aún más este pequeño balneario y que al día de hoy aún son objeto de estudio. Desgraciadamente el paso del tiempo se hizo notorio en la urbanización de Punta Ballena y también el los edificios de Bonet, algunos de los cuales aparecieron lastimosamente intervenidos… Pero algo encontramos, y algo de allí pudimos llevarnos.

La Rinconada, una de las casas de Bonet en frente al mar

La Rinconada desde atrás.

Vista de La Solana del Mar, en pleno proceso de “desintegración”…

La parada siguiente fue algo más misteriosa: llegamos a la localidad de Soca donde según nuestro mapa de obras nos encontraríamos con otro rastro de Bonet en el Uruguay. En este caso se trataba de una pequeña Iglesia, extraña por cierto, de la que no habíamos podido conseguir demasiada información. Habíamos leído sí una serie de versiones, aparentemente todas conjeturas, que nos despertaban intriga: decían sobre esta iglesia que había sido un encargo privado, que a ese encargo lo realizó una señora llamada Susana Soca, quien sería justamente hija del señor Soca, a quien la localidad le debía el nombre. Según las versiones parece ser que esta señora Soca pertenecía al mundillo de los artistas de vanguardia y a las clases altas, y que a través de esos contactos habría conocido a Bonet. Parece ser también, que la señora habría decidido realizar esta obra para homenajear a “sus ancestros”… y no encontramos mucha más información que esta, pero esto sumado a que era una obra de Bonet y a lo extraño de las fotografías que pudimos ver nos despertó mucha curiosidad y decidimos ir a Soca a buscarla.
Encontramos Soca en el mapa, encontramos la ciudad en la ruta y una vez que entramos en ella encontramos la iglesia. El aspecto y la forma de esta obra sumó desconcierto. Bajamos del vehículo e intentamos entrar, pero a llegar a la puerta la encontramos cerrada con cadenas y candados y nos topamos con un pequeño cartel oxidado que rezaba “propiedad privada – no pasar”. Aplaudimos, llamamos, chiflamos y nadie vino a recibirnos. Obstinados en ver de qué se trataba decidimos atravesar ese primer portón… no duramos mucho adentro y ni siquiera llegamos lo suficientemente cerca para ver su interior ya que de inmediato escuchamos la voz de una mujer que provenía de una construcción extraña ubicada en el fondo del lote que nos decía en modo imperativo que no se podía estar allí y que mucho menos se podían tomar fotografías… Intentamos ver a la mujer, o al menos hablar con ella, pero no lo logramos, nunca salió de donde estaba y nos reiteró que era propiedad privada y que nos retiremos de inmediato o llamaría a la policía. Nos miramos, miramos hacia el lugar desde donde venía esa voz intentando ver algo más pero no hubo caso… decidimos salir del predio antes de complicar nuestra estadía en Uruguay apenas llegados al país. Apenas nos llevamos algunas fotos de la obra tomadas antes de la aparición de la voz de la señora, y algunas dudas más de las que trajimos.

Una iglesia?… vista exterior de la obra misteriosa.

De allí arrancamos rápidamente hacia la última parada antes de llegar a Montevideo donde por fin descansaríamos. Se trataba de Atlántida, otra localidad pequeña donde veríamos también una iglesia, pero en este caso sin tantos misterios. Era la iglesia Cristo Obrero, obra de Eladio Dieste, quien no era arquitecto sino ingeniero, pero que así y todo logró el título honorífico de “Arquitecto de América” en reconocimiento a su magnífica obra. La iglesia era una obra conocida para nosotros desde los libros de estudio de arquitectura latinoamericana, desde fotografías, planos y textos, pero estar allí… recorrerla… tocar las infinitas texturas de ladrillos… bañarse en esos ases de luz solar filtrados con vidrios de colores… experimentar ese formas… fue una de las experiencias arquitectónicas más fuertes del viaje.

La Combi se hace la distraida y se cuela en la foto…

La iglesia se hace la distraida y se cuela en la foto de los pibes…

El interior de la iglesia… increible.

Nos fuimos de Atlántida con los últimos rayos de sol, esos que se vuelven anaranjados. Nos quedaba todavía un rato más de ruta hasta Montevideo, una última ronda de mate rutero, unos últimos temas musicales a todo volumen como para que el ánimo no decaiga a pesar del trajín… y así, casi como sin darnos cuenta llegamos a Montevideo. Entramos por el lado oeste y atravesamos prácticamente toda la ciudad por la costanera. Fue la carta de presentación de Montevideo ante nuestros sentidos, una ciudad de cara al Río. Buscamos el hostel donde pararíamos estos días, descargamos las mochilas, acomodamos algunas cosas y salimos… a pesar del cansancio salimos… eran cerca de las doce de la noche en Montevideo, era entonces ya el cumpleaños del Iván… no había tiempo que perder: pedimos unas cervezas en un bar de la ciudad vieja, cantamos un feliz cumpleaños ante las miradas uruguayas del bar y brindamos por nuestro amigo que entraba así en las tres décadas.

2 Responses to “Proyecto Brasila en Uruguay”

  1. 1
    Melvin Says:

    Por fin, ya el sindrome de abstinencia se tornaba insoportable y abrir la página y encontrarme con un nuevo capitulo del viaje, actuó como bálsamo en medio del desierto, comandante, lo tuyo esta repartido fifty & fifty entre escritor y arquitecto, es más, si tuviera que hacerme una casa te encargaría escribieses el libro de como se plasmó la obra. Realmente disfrutamos de este viaje y hubiesemos deseado durase cuarenta días más, felicitaciones y desde ya estamos esperando el próximo, un abrazo a todo el grupo

  2. 2
    edu Says:

    estimadísimos, qué gusto leer estas líneas (tan bien redactadas por cierto) y saber que Uruguay los recibió como se lo merecen (señoras ocultas y gritonas hay en todas las Socas el mundo, disculpen). Leo su texto y me convenzo de lo hermoso que es viajar, viajar con amigos, viajar en camioneta, por nuestras tierras, por nuestra gente. Temo hacerles una aclaración que quizá sea un error mío de lectura pero creo que entraron a Montevideo por el Este no el Oeste, de allí venían según se describe. Gracias por compartir, suma y mucho.

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Acerca de este blog...

Proyecto Brasilia es, sobre todo, un viaje. Un viaje de diez mil kilómetros que hicieron siete arquitectos. Un viaje por América Latina, sus ciudades, su arquitectura. Un viaje que aún no ha terminado.

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