Utopia da modernidade

En: textos Por: ivank

24 Aug 2008

Trece días de viaje han pasado, los cinco últimos en Brasilia, cúspide de este viaje de estudios en el que perseguimos ciudades y arquitecturas de nuestra América, en búsqueda de indicios de una identidad que las vincule. Sabemos a priori lo incierta de nuestra empresa. Sabemos que al trazar nuestra hipótesis no estamos pisando tierra firme, que hablar de una identidad regional no es tarea sencilla y a medida que avanzamos en nuestro itinerario los nuevos horizontes van abriendo nuevos interrogantes.

El comienzo de esta travesía nos llevó a Asunción, donde conocimos a tres arquitectos que desde distintas ópticas han logrado aproximaciones diversas aunque coherentes, radicales aunque arraigadas al lugar en el que fueron ideadas. La calidez y solidaridad que han demostrado estos arquitectos con este grupo de viajeros es leíble en cada una de sus obras. Arquitecturas que difícilmente hubieran podido ser concebidas en otras latitudes pero que sin embargo transmiten un mensaje, como nos dijo Solano Benitez, universal. Una búsqueda que opera desde lo sensible y lo afectivo, pero que milita por el bien común, por un mundo donde quepan infinidad de mundos.

El pasaje de Asunción a Brasilia fue más bien violento. No sólo por las 48 horas de viaje, sino sobre todo por el contraste entre ambas ciudades. De una Asunción modesta y espontánea, con pocos monumentos urbanos dispersos en una extendida cuadrícula, donde prima un vernáculo popular y empobrecido en contraste con barrios-jardín residenciales de los sectores privilegiados, pasamos a la utopía moderna de Brasilia. Soberbia obra de ingeniería urbanística, con majestuosos edificios monumentales realzados por el vacío circundante -que ocupa gran parte de la superficie de la ciudad- con barrios residenciales que se repiten como un sello, con variaciones imperceptibles al ojo del visitante.

Pero Brasilia no es la primera ciudad utópica que visitamos. De hecho, las ruinas de la Misión Jesuítica de San Ignacio Miní son restos de otro proyecto utópico de sociedad, llevado a la práctica tres siglos atrás. Este fue un intento de colonización del suelo americano (y de sus habitantes) bajo parámetros distintos de los llevados a cabo por la Corona. Como nos contó Julio Galeano, nuestro casual guía en San Ignacio Guazú, si bien las Reducciones no dejaban de ser una forma más de colonización del aborigen, fueron al mismo tiempo un paraíso para el mismo, sobre todo en comparación al trato que recibió luego de la expulsión. Las Reducciones se extendieron en todo lo que es hoy el NE de Argentina, Paraguay y el Sur brasilero y hoy las ruinas de sus ciudades nos dejan ver que ese mundo ideal que quisieron construir, fue traducido a un orden espacial distinto al del resto de las colonias. Las viviendas colectivas y uniformes eran, al igual que en la Brasilia de Lucio Costa, la forma que adoptaron quienes levantaron estas primitivas ciudades. Y dato fundamental: era la misma tipología, con leves variaciones, a la usada por los originarios pobladores de estas tierras: tiras de vivienda de decenas de metros de largo con galerías que proveían de sombra y lugar de encuentro.

Sin quererlo, estamos ante una punta que puede ayudarnos a develar parte de nuestra hipótesis: la utopía es un fenómeno estrechamente ligado a América. De hecho, recuerdo haber leído que Tomás Moro acuñó este término en la época en la que nacía el mito del Nuevo Mundo, cuando los europeos comenzaron a cruzar el Océano en busca de un futuro mejor, de tierras en donde todavía todo estaba por hacerse. Desde el mito del Nuevo Mundo hasta el de El Dorado; desde el fundador del socialismo utópico, Owen, creando en Estados Unidos su New Lanark, hasta el American Dream capitalista; desde Simón Bolívar y San Martín liberando el continente, hasta el Che muriendo en Bolivia intentando lo mismo. Aunque Utopía significa “ningún lugar”, siempre ha estado presente en el imaginario sobre América Latina.

Y mientras seguimos atravesando el territorio de Mina Gerais, arribando ya a Belo Horizonte, me acuerdo de Eduardo Galeano quien se preguntaba para qué servían las utopías, si son imposibles de alcanzar por más uno se empecine. Y se respondía: para seguir andando. Entonces, aquí estamos. Andando.

6 Responses to “Utopia da modernidade”

  1. 1
    cecilia Says:

    La semana pasada casualmente me encontré con el mismo fragmento de Galeano y me acordé de ustedes. “La utopía. Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.” …

  2. 2
    Renée Says:

    ¡Qué magnífico hilo conductor han encontrado!Ojalá puedan seguir encontrado utopías que se vayan hermanando.

  3. 3
    ana Says:

    ¡Qué buen texto Ivan!!!
    Una síntesis del recorrido cargada de filosofía y con una mirada superadora de las utopías, a las que intentaron hacernos cree que están muertas, y que este viaje de ustedes
    La muestran como “Esos muertos incómodos” de los que habla Marcos y Paco Taibo.
    Un abrazo
    ana

  4. 4
    lazko Says:

    Muy buenos los relatos de viaje, dan muchas ganas de estar ahí.

    Un abrazo desde las ahora calurosas pampas argentinas…

  5. 5
    claudia Says:

    interesante relato transmisor…reflexiones y sensaciones de tan inolvidables recorridos utópicos alcanzados!!!
    siento mucha emoción y alegría por ustedes allá!!
    besos y abrazos!

  6. 6
    Font Says:

    Página principal
    Opinión

    Edmundo Font
    PROYECTO BRASILIA-ROSARINO
    ________________________________________
    El Sol de Tampico
    4 de septiembre de 2008

    “La Esgrima” de Edmundo Font

    “¿Qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro y tren?” Julio Cortázar.

    “Proyecto Brasilia” se llama un sueño que está siendo alcanzado en un espacio formidable y paradisíaco del Cono Sur y en un tiempo lineal en lo kilométrico, pero de connotaciones múltiples y simultáneas, ya que significa develar estratos de la pre y pos modernidad arquitectónica, a caballo de dos siglos, en 4 países limítrofes. Me refiero al ambicioso y atrevido proyecto, en vías de realización en estos mismos días, de unos “cronopios” argentinos de la más fiel prosapia cortaziana, como el lector descubrirá por sí mismo, al identificar signos de la nítida aventura a modo del portentoso autor de Rayuela. Cortázar, acompañado de Carol Dunlop su esposa, recorrió en 1983 los 800 kilómetros que separan Marsella de París, en 33 días, sin salirse de la autopista y acampando en los paraderos de servicio, para “vivir un mes fuera del tiempo” y escribir “Los argonautas de la cosmopista”. Por los célebres antecedentes literarios verán que llamar sueño a un viaje similar, nada común en los tiempos que corren, no es una exageración. No deja de tener aires oníricos montar a siete personas en un vehículo vetusto y emblemático y recorrer una distancia similar a un vuelo trasatlántico, casi a vuelta de rueda; por cierto, se trata del transporte más mítico que ha existido en el mundo para esos trances y que materializó impulsos existencialistas desde mediados del siglo pasado, para no calificarlos de plano como hippies. No yendo más lejos, en los años 60 la familia de mi esposa se embarcó en una camioneta similar y atravesaron con todo y un mastín superlativo la inconmensurable franja de ríos, valles y montañas que separan a París de Katmandú. Mi mujer nunca olvidará una excursión infantil de varios años que la llevó de Bombay a Varanasi, previa circunvalación por todo el Subcontinente Indio. Y precisamente, ese recorrido y las pernoctas se realizaron en ese prodigio del diseño industrial que es la Combi de la Volskwagen, la misma que ya celebró su sesenta aniversario. Y también en una Combi un intrépido grupo cabalístico de arquitectos argentinos cobijó la idea de confrontar su formación académica curricular con un safari en caza de la modernidad del hábitat latinoamericano en carne y hueso, es decir, en una suerte de trabajo de campo in situ, confrontando historia y teoría con varilla y concreto, identidad y utopía, osadía y cumplimiento de uno de los sueños urbanos de más hondo calado en el continente, la fundación, de la nada, en la nada, de una capital que centralizó por primera vez en su historia de larga tradición de poder político sobre el litoral, ese continente dentro de nuestro continente que es la Terra Brasilis. En concreto, el Proyecto Brasilia al que nos estamos refiriendo, es un periplo que siete estudiantes y jóvenes arquitectos, egresados de la Facultad de Arquitectura de Rosario, están llevando a cabo con el objetivo de explorar el patrimonio arquitectónico y urbanístico de América Latina. El 9 de agosto de 2008 emprendieron un viaje que los hará recorrer 10 mil kilómetros por las principales ciudades de Argentina, Paraguay, Brasil y Uruguay y que se encuentra en su fase carioca. Ustedes pueden seguir la saga por Internet, a través de la dirección http://proyectobrasilia.com.ar/ pero para abrir boca de un relato de viaje a varias manos, muy bien estructurado, les participo de una de las hojas de su diario:

    UTOPÍA DE LA MODERNIDAD. Por Ivank. Trece días de viaje han pasado, los cinco últimos en Brasilia, cúspide de este viaje de estudios en el que perseguimos ciudades y arquitecturas de nuestra América, en búsqueda de indicios de una identidad que las vincule. Sabemos a priori lo incierto de nuestra empresa. Sabemos que al trazar nuestra hipótesis no estamos pisando tierra firme, que hablar de una identidad regional no es tarea sencilla y a medida que avanzamos en nuestro itinerario los nuevos horizontes van abriendo nuevos interrogantes. El comienzo de esta travesía nos llevó a Asunción, donde conocimos a tres arquitectos que desde distintas ópticas han logrado aproximaciones diversas aunque coherentes, radicales aunque arraigadas al lugar en el que fueron ideadas. La calidez y solidaridad que han demostrado estos arquitectos con este grupo de viajeros es legible en cada una de sus obras. Arquitecturas que difícilmente hubieran podido ser concebidas en otras latitudes pero que sin embargo transmiten un mensaje, como nos dijo Solano Benítez, universal. Una búsqueda que opera desde lo sensible y lo afectivo, pero que milita por el bien común, por un mundo donde quepan infinidad de mundos. El pasaje de Asunción a Brasilia fue más bien violento. No sólo por las 48 horas de viaje, sino sobre todo por el contraste entre ambas ciudades. De una Asunción modesta y espontánea, con pocos monumentos urbanos dispersos en una extendida cuadrícula, donde prima un vernáculo popular y empobrecido en contraste con barrios-jardín residenciales de los sectores privilegiados, pasamos a la utopía moderna de Brasilia. Soberbia obra de ingeniería urbanística, con majestuosos edificios monumentales realzados por el vacío circundante -que ocupa gran parte de la superficie de la ciudad- con barrios residenciales que se repiten como un sello, con variaciones imperceptibles al ojo del visitante.

    Pero Brasilia no es la primera ciudad utópica que visitamos. De hecho, las ruinas de la Misión Jesuítica de San Ignacio Miní son restos de otro proyecto utópico de sociedad, llevado a la práctica tres siglos atrás. Este fue un intento de colonización del suelo americano (y de sus habitantes) bajo parámetros distintos de los llevados a cabo por la Corona. Como nos contó Julio Galeano, nuestro casual guía en San Ignacio Guazú, si bien las Reducciones no dejaban de ser una forma más de colonización del aborigen, fueron al mismo tiempo un paraíso para el mismo, sobre todo en comparación al trato que recibió luego de la expulsión. Las Reducciones se extendieron en todo lo que es hoy el NE de Argentina, Paraguay y el Sur brasileño y hoy las ruinas de sus ciudades nos dejan ver que ese mundo ideal que quisieron construir, fue traducido a un orden espacial distinto al del resto de las colonias. Las viviendas colectivas y uniformes eran, al igual que en la Brasilia de Lucio Costa, la forma que adoptaron quienes levantaron estas primitivas ciudades. Y dato fundamental: era la misma tipología, con leves variaciones, a la usada por los originarios pobladores de estas tierras: tiras de vivienda de decenas de metros de largo con galerías que proveían de sombra y lugar de encuentro. Sin quererlo, estamos ante una punta que puede ayudarnos a develar parte de nuestra hipótesis: la utopía es un fenómeno estrechamente ligado a América. De hecho, recuerdo haber leído que Tomás Moro acuñó este término en la época en la que nacía el mito del Nuevo Mundo, cuando los europeos comenzaron a cruzar el Océano en busca de un futuro mejor, de tierras en donde todavía todo estaba por hacerse. Desde el mito del Nuevo Mundo hasta el de El Dorado; desde el fundador del socialismo utópico, Owen, creando en Estados Unidos su New Lanark, hasta el American Dream capitalista; desde Simón Bolívar y San Martín liberando el continente, hasta el Che muriendo en Bolivia intentando lo mismo. Aunque Utopía significa “ningún lugar”, siempre ha estado presente en el imaginario sobre América Latina.

    Y mientras seguimos atravesando el territorio de Mina Gerais, arribando ya a Belo Horizonte, me acuerdo de Eduardo Galeano quien se preguntaba para qué servían las utopías, si son imposibles de alcanzar por más uno se empecine. Y se respondía: para seguir andando. Entonces, aquí estamos. Andando.

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Proyecto Brasilia es, sobre todo, un viaje. Un viaje de diez mil kilómetros que hicieron siete arquitectos. Un viaje por América Latina, sus ciudades, su arquitectura. Un viaje que aún no ha terminado.

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