El futuro anterior, por Alan Pauls

En: textos Por: ivank

22 Feb 2008

Este interesante texto del escritor Alan Pauls, fue publicado en la revista Transatlántico, del Centro Cultural Parque de España. También puede leerse online en http://www.cceba.org.ar/evento/texto.pl?id=100
Habla sobre un viaje a Brasilia, sobre su infancia en los 60s, sobre el deja-vú que le produce esta ciudad del futuro que ha quedado en el pasado. No dejen de leerlo!

Biblioteca Nacional de Brasilia

No hay nada más raro que una ciudad donde lo más visible es el cielo y el horizonte el único límite que creen encontrar los ojos. Sin embargo, la primera incongruencia con la que tropecé en Brasilia no nació del espacio sino del tiempo. Tropecé es un decir: iba en coche. Ya en el avión que me llevaba a Brasilia supe lo poco que usaría las piernas a lo largo de los tres días que se avecinaban, lo mucho que necesitaría de las ruedas de otros: desde el dorso de la mesita rebatible que tenía frente a mí, a diez mil metros de altura, un Fiat Stilo modelo Schuchmacher pavoneaba su arrogancia color rojo sangre envalentonado por esta leyenda: “Si verlo así, solo, te seduce, imaginate con vos adentro manejándolo”. Iba en coche, decía, y en el coche sonaba “Generación Coca Cola”, una canción-manifiesto del grupo Legiâo urbana, la muestra de autobiografía musical que mi anfitrión y chofer, y pronto mi amigo, había elegido, pobre, para presentarse ante mí, que lo ignoro y moriré ignorándolo todo sobre el rock en general y el brasileño en particular. Avanzábamos por el Eje Monumental. Dejábamos atrás el sector de los ministerios con sus persianas extrañas, verdes como suaves párpados vegetales, cuando pensé: ¿cómo es posible que Brasilia, la ciudad del futuro por excelencia, pueda hacerme retroceder, dar marcha atrás, repatriarme a ese pasado absoluto que es la infancia?

Mi visión de Brasilia, ciudad única, pionera, de avanzada, era desde el principio una retrovisión, un déjà-vu inducido por algunos estímulos inconfundibles: el derroche de espacios desiertos, el culto de la intemperie, la extraña soberanía de la arquitectura (a la vez altiva, porque sabe que no tiene rival, y modesta, porque es hija de la planificación), la falta de ruido y de mezclas, la monumentalidad de la escala… Y sobre todo las siglas, que proliferaban en el espacio público como jeroglíficos destinados a una raza superior, o más impaciente, de lectores: N-Q3-L, W1302… Las siglas son un talismán clásico para la imaginación de todo niño crecido en los años sesenta. Son la unidad de base de una quimera sinóptica que cree que confabulando números y letras se puede reducir el sentido y la complejidad del mundo a un juego de coordenadas unívocas. Pero si las siglas de Brasilia despertaron en mí los ecos de una infancia intacta, es porque en ese idioma impronunciable resonaba el imaginario que tejió mi niñez, la niñez típica del hijo de la cultura de masas: el imaginario de la ciencia ficción. (El mismo imaginario, dicho sea de paso, que aparece deshidratado —es decir: vaciado de la único que todavía puede reanimarlo: su dimensión histórica— en un spot publicitario de Nokia filmado precisamente en Brasilia, donde el futurismo es un trompe l’oeil y la ciudad, la ciudad real, el decorado ready made más barato del mundo. En el comercial, un astronauta, guiado únicamente por el navegador de un teléfono celular, atraviesa a pleno sol la ciudad completamente desierta, pasa junto a la catedral de Niemeyer, deja atrás los cuencos gigantescos del Parlamento, camina por el techo de la Alvorada, se detiene ante un edificio, sube por un ascensor, llama a una puerta y llega por fin a su destino, la fiesta de disfraces a la que lo invita a pasar un sonriente conejo de peluche de un metro ochenta.)

De Fahrenheit 451 a Alphaville, todas las postales de paisajes urbanos anticipatorios que me vieron crecer reaparecían de golpe encarnadas en Brasilia, no en un barrio en particular, no en una zona privilegiada —uno de esos bolsones acotados donde los municipios suelen invertir de golpe todos sus arrebatos experimentales— sino en la ciudad toda, en su ejecución y su concepto. Y reaparecían —he aquí el aspecto verdaderamente perturbador, casi subversivo, del déjà-vu— reaparecían irrigadas con la misma calidad emocional, el mismo veneno paradójico que las había signado la primera vez, cuando yo tenía seis, siete, ocho años y me dejaba hechizar por cualquier imagen que afirmara imaginar algo que todavía no existía: la euforia (de sentir que se podía ver el futuro), la inquietud (de comprobar que el futuro podía ser espantosamente inhumano). Yo apenas aterrizaba —si es que se puede realmente aterrizar en un sitio tan aéreo, tan suspendido, tan colgado como Brasilia— y ya Brasilia me inspiraba la misma ambivalencia contrariada que solían inspirarme esas arquitecturas del futuro descubiertas, de chico, en el cine o la televisión: belleza y opresión, inteligencia y despotismo, innovación y omnipotencia. Más que contrariada, en realidad, era una ambivalencia dolorosa, pero no por la dosis de miedo que incluía sino porque mientras me enfrentaba con una incógnita difícil (¿Es fatalmente opresiva la belleza a gran escala?), al mismo tiempo me condenaba a no poder resolverla. Al parecer, la belleza venía con la opresión, la inteligencia con el despotismo, la voluntad de innovación con la voluntad de control.

La idea de futuro está en el corazón de la experiencia de déjà-vu que Brasilia fue para mí. Porque pensándolo bien, ¿hay alguna idea más fechada, más histórica? ¿Hay algo más pasado que el futuro? Y sin embargo, mientras seguíamos viajando en coche, esquivando peatones lánguidos y acobardados a la vez —sonaba ahora Lobâo, un energúmeno aparentemente legendario—, me di cuenta de que si algo compartía yo con Brasilia, algo a la vez íntimo e histórico, personal y político, era el hecho de que ambos éramos, somos, seremos siempre hijos de ese milagro del destiempo, de ese anacronismo mítico que es el futuro. Y cuando digo futuro pienso sin duda en la ciudad descentralizada de Fahrenheit 451 (donde para leer libros había que ser tan maquis como Lucio Costa, el hombre que diagramó esta ciudad imposible, para infiltrarse en el urbanismo) y en la Alphaville de Godard (donde la sigla HLM ya no designaba una avanzada de la arquitectura popular, la Habitation à loyer moyen —“vivienda de alquiler medio”—, sino una pesadilla poética, Hôpitaux à Longues Maladies, “hospitales para enfermedades prolongadas”). Pero pienso sobre todo en las fuerzas intelectuales, las ideas, las creencias que hacían posible que dos cineastas como Truffaut y Godard —como muchos otros— se lanzaran de pronto a poner en escena los tiempos fascinantes y terribles que se avecinaban. Pienso, por supuesto, en las altas banderas del modernismo, en el ímpetu de los gestos fundacionales, en el culto de lo nuevo, en eso que en términos muy generales, y no sin melancolía, se sigue llamando utopismo. Y pienso en el extraño núcleo aporético que parece estar en el centro de ese gran entusiasmo crítico y civilizador: la necesidad de desplegar un esfuerzo sobrehumano para hacer realidad un futuro que de todos modos nos estaba asegurado. ¿Cuántos brazos hicieron falta, cuántos fueron sacrificados para construir Brasilia, cuántos sobreviven hoy a gatas en lo que una jerga decididamente cienciaficcióndependiente llama ciudades-satélite? Nadie nunca pudo decírmelo, y durante los tres días que pasé en la ciudad me quedó flotando en la cabeza la famosa frase de Walter Benjamin: “No hay documento de cultura que no lo sea a la vez de barbarie”.

Al tercer día me llevan a una fiesta. Es una fiesta diurna, en una casa particular, pero hay que pagar entrada y llevar algo para beber. Los dueños de casa no están, o al menos no se han presentado como tales; toda la casa está clausurada, en sombras, como un gigantesco animal dormido; la fiesta transcurre en el jardín, alrededor de la pileta —cuyo uso nadie sabe si está incluido en la entrada y la bebida— y sobre todo en un quincho diminuto donde veinte militantes del baile —yo entre ellos, decidido a reanudar relaciones con mis piernas— obedecen las instrucciones enérgicas, tal vez demasiado para la hora, recién las cinco de la tarde, de un DJ llamado Leâozinho. La fiesta, me dicen, se llama tarde ensolarada, y mientras vuelvo a sentir sangre en las pantorrillas me pregunto otra vez lo que vengo preguntándome desde la caída del muro de Berlín (primero) y desde la llegada del 2001, el año de 2001 Odisea del espacio (después): ¿quién inventó la fatalidad del futuro: la ciencia ficción o el comunismo? La respuesta que da Brasilia es escandalosamente simple: ¿hay acaso alguna diferencia? De ahí el problema o la imposibilidad, más bien, de decidir qué es Brasilia: si el único experimento comunista del siglo XX que tuvo éxito (pero en ese caso, ¿entendimos bien la lección? ¿Comprendimos que la fórmula era el plan piloto, no el plan quinquenal; el urbanismo modernista, no la socialización de los medios de producción; Le Corbusier y no el partido único?), si el museo de un urbanista visionario (Lucio Costa) o el de his majesty Niemeyer (quizás el único arquitecto del mundo que merezca en las discusiones de toda una ciudad más espacio y más furia que un presidente), o si es el ejemplo más perfecto de un escándalo para el que nadie —y menos que nadie los hijos del modernismo utópico del siglo XX— está todavía preparado: el escándalo de un sueño realizado.

Estuve sólo tres días en Brasilia, pero podría decir (sin alardear) que nací allí, que allí viví, vivo y quizá viviré y que de un modo singular, incluso incómodo, que recién ahora empiezo a poder pensar, es mi ciudad, simplemente porque de Brasilia puedo decir lo que no podré decir jamás de ninguna otra ciudad del planeta: que soy su estricto contemporáneo. Nací en 1959, cuando Brasilia estaba a punto de inagurarse. Así como pensé, mientras bailaba esa tarde ese set prematuro en un quincho diseñado para mesas de ping pong o barbacoas, que muy probablemente fuera la persona más vieja de toda la fiesta (primera vez en mi vida que experimento ese privilegio, y se lo debo a Brasilia), puedo decir también que tengo la misma edad, que soy tan viejo o tan joven como lo más viejo que tiene la ciudad, y que esa evidencia única —sentirme biológica, históricamente trenzado con una ciudad extranjera en la que pasé sólo tres días— todavía me hace temblar las piernas que recién volví a usar unas pocas horas antes de abandonarla.

 

 

2 Responses to “El futuro anterior, por Alan Pauls”

  1. 1
    MArtin Carvajal Says:

    Quisiera contactarme con Alan Pauls, soy estudiante de letras modernas, tengo treinta años, he leido su obra y aprecio su trabajo. De todos modos escribo para que en cualquier tipo de medio, pueda mostrarle mi novela: EL amanuense. La he escrito y re escrito por mas de cinco años y quisiera verdaderamente que llega a sus manos; aunque no sea mas que un imaginario letrado creado desde Bs As. MArtin.

  2. 2
    Claudia Rizzotto Says:

    Soy prpfesora en letras, cursando postítulo en lengua y Literatura en la U.N.R. Rindo Iberoamericana el sábado 24, y me interesa trabajar con crónicas urbanas. Me gusta mucho Pauls y comparto con él a Borges… Qué lectura me aconsejan?????

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Acerca de este blog...

Proyecto Brasilia es, sobre todo, un viaje. Un viaje de diez mil kilómetros que hicieron siete arquitectos. Un viaje por América Latina, sus ciudades, su arquitectura. Un viaje que aún no ha terminado.

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